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7 de julio de 2011

Las clases de natación de David

Me encanta el agua. Quiero decir bañarme, nadar, bucear. Disfruto muchísimo con esas experiencias u quería que mi niño también lo hiciera.
El nació en Mayo y en Julio ya empezamos a llevarlo a la piscina y darle algunos bañitos, que parecían encantarle. También en la playa, que estuvimos en Agosto disfrutó de la experiencia. 

Yo no tuve muy buena experiencia con eso de la natación y quería que él no pasara por lo mismo. 
Lo mio fue un peregrinar por distintos cursos de natación (no sé, quizás con 6 o 7 años). Lo cierto es que eran experiencias horribles. Recuerdo cómo en una de las piscinas me tiraban a la olímpica. Yo no podía ver otra cosa que mucha agua por encima y el aro ese con red (pero sin la red) que se usa para limpiar las hojas para que yo me agarrara. Pero era imposible, no podía avanzar nada y no tenía aire. Lo dicho: horrible. Me marcó tanto que todavía guardo en mi memoria el olor a cloro y desinfectante de los vestuarios de aquel sitio.
En otro de los cursos nos obligaban a nadar toda la piscina olímpica uno detrás de otro y la verdad, para un niño de esa edad no es nada fácil, máxime si no dominas la técnica porque se supone que era para aprender a nadar. También horrible.
Yo lloraba y lloraba y aunque sabía que mi madre lo hacía por mi bien...bueno, lo dejamos.

Como siempre yo había buscado mucha información de cómo introducir a los bebés en eso de nadar y sabía que en parte era una cuestión de actitud hacia el agua también por parte de los padres. Había tenido también una larga conversación con una conocida que es profesora de natación de niños y además madre de cuatro niñas (una de ellas compañera mía del colegio), osea, que algo sabe del tema y me dió las nociones básicas.

Desde que nació, al bañarlo dejábamos que el agua le cayera libremente por la cara, en esos primeros bañitos en la piscina y la playa le dábamos algunas "hogaillas" y lo soltábamos (pero con control) para que el intentara salir a flote. Sobre todo para que desde muy pequeño no creara miedo ha esa falta de aire y aprendiera a gestionarlo. Por supuesto todo esto escuchando por parte de familiares y amigos lo malísimos que éramos, que estábamos "judicando" con el pobre niño. Menos mal que a mi plin (al padre no tan plin, pero bueno).
El verano pasado (con un año) nos lo pasábamos el padre y yo, cada vez a una distancia un poquito mayor, vamos como a un metro o así y seguimos con las zambullidas, a jugar a tirarse y esas cosas. Siempre divirtiéndonos y enseñándole que no hay que tener miedo, que nosotros también hacemos esas cosas y es divertido.

Durante el invierno en la bañera jugaba a nadar y a zambullirse alentado por nosotros.

Ahora tiene dos años y es tan intrépido, tiene tan poco miedo que sólo quiere que lo dejemos solo, tirarse, zambullirse, nadar de papá a mamá y al revés tantas veces que yo de verlo me quedo sin aire. ¡Un auténtico pescadito! Como yo le digo siempre.

Bueno, pues decidimos que para gestionar ese gusto por el agua, esa energía, esa falta de miedo y esa predisposición por nadar, apuntarlo a clases de natación. Ahhh, pero no como las mías. Estas son clases particulares, de veinte minutos de duración y un sólo monitor con cada niño. 
La idea es aprender las técnicas de enseñanza de un profesional y después ponerlas nosotros en práctica.

Primer día. Al principio todo pareció que iría bien. Se fué de la manita de su profe Antonio y se metió en el agua, se movió un poquito para aquí y para acá mientras yo los miraba desde el borde de la piscina con cara de: muy bien pescadito!. Y entonces pasó, en una décima de segundo y sin previo aviso: El llanto angustioso y desesperado (igual que en el pediatra). Imposible de contener ni clamar. Yo por no verlo hice mutis por el foro. Debatiéndome entre sacarlo de allí o dejarlo porque era el primer día y ya se le pasaría. Los minutos pasaron y el llanto no terminó. No quiso bañarse conmigo, tuve que sacarlo de la piscina y lo único que hacía era llorar y llorar y gritar:¡nos vamos! ¡nos vamos!.
Demasiado parecido a mi experiencia. Justo lo que no queríamos, que dejara de ser divertido para el. Así que allí estaba yo llorando con el, pensando en lo mala madre que era que estaba haciéndolo sufrir tanto.
AYYYYYY!!!! que horrible soy yo ahora.

Segundo día. Por consejo de Antonio yo también he estado en el agua con ellos. Ha ido un poco mejor, aunque también ha llorado, pero a ratos. Otros se ha portado como un campeón y ha nadado muy bien hasta mi. Se ve que los padres somos el mejor estímulo. Cualquier cosa por alejarse del profe y llegar a la seguridad de nuestros brazos. Pero la cosa es que el dice que Antonio es su amigo, que es divertido y no le hace nada. ¡Hijo de mi vida! ¿en que quedamos?.
Fué justo terminar la clase y salirnos del espacio destinado a ellas y el niño venga a tirase y a ganberrear y el profe alucinando. Vamos, que es un pillín de cuidado y ya no engaña a nadie.

Tercer día. La idea es que estuviera con su papi, pero al final yo también pude ir. Definitivamente mucho mejor, sin llorar hasta que al profe se le ocurre decirle que papá y mamá se van a ir. ¡¿pero está loco?! pues claro, el pobre niño se puso a llorar. Menos mal que al ver que no era cierto se le pasó pronto.

Por lo menos, ya no me siento taaaaaan mala y tengo claro que ni el decimoquinto día, que será el último de las clases, vamos a dejarlo solo.


Aquí os dejo algunos de los sitios interesantes:



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