El pollito tiene ya casi cinco años. Ya no hablo tanto de él por aquí. Se hace mayor, los cambios son menos rápidos, las cosas van más rodadas, pero sobre todo, me ha dado el punto de pensar que quizás a él no le gustaría que contara sus cosas a todo aquel que quiera leerlo. Quizás algún día me lo eche en cara, o quizás no, quizás no le de la mayor importancia.
Se me viene a la mente aquella frase: Joder, ostia, puta, ¿donde coño saca el niño esas palabrotas?. No, no es el caso. Desde que me quedé embarazada dejé de usar la palabra "coño". Era recurrente en mi vocabulario como expresión de enfado, alegría, sorpresa, vamos, para todo...No quería ser un mal ejemplo para él. Las otras no las decía, el gallo tampoco. En casa no las oye desde luego.
Empezamos con aquello de ¡espárrago! allá por los tres años. Creo que más como gracia que otra cosa. Tuvo una etapa que cuando se enfada soltaba una palabrota. Lo consulté con Carmen Allepuz. ¿Si nosotros expresamos así nuestro enfado y se nos escapaba alguna palabrota, era tan malo que a él también le pase en alguna ocasión? fué su reflexión. La cosa sería no prestarle atención, dejaría de decirlo. La teoría era ignorarlo para que esa conducta no se viera reforzada con atención. ¿Seguro? Si no lo corrijo ¿no correremos el riesgo de que piense que es lícito hablar así, que no pasa nada y lo interiorice?. Pero si lo corrijo cada vez ¿No será su forma de llamar nuestra atención y se convierta en un recurso más para ello?. ¿Unas veces ignorar, otras corregir? Dicen que ese si/no es la mejor forma de reforzar una actitud, así que malo. Qué complicado es todo.
Hoy leía unas pautas en ese sentido. Averiguar de dónde recibe el estímulo. Observar y analizar en qué situaciones las usa. Si es para llamar la atención ignorarlo. Si es para expresar emociones explicarle desde el cariño que decir palabrotas no es una forma adecuada para hacerlo. Ayudarlo a identificar la emoción y hablar de ella, con palabras. Ardua taréa también eso de hablar de emociones.
Me doy cuenta que más o menos de esa forma estamos trabajando en casa. Me cuesta hacer oídos sordos. Aunque si se le escapa una y él mismo se da cuenta y pide perdón, lo dejo pasar. Si lo hace cuando está enfadado, como desahogo tiendo a corregirlo desde el cariño, explicándole por enésima vez que esas palabras no son agradables, que nosotros, sus padres, no las usamos y que él no debe hacerlo tampoco. Pero al fin y al cabo, nosotros no somos todo su mundo, no somos sus únicas referencias y cada vez el entorno se vuelve más protagonista.
Veo acercarse otras etapas y la verdad siento inquietud.






